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El día que el diablo se hizo dueño de todo Portobelo
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José Alberto Chacón (jose.chacon@epasa.com) / PANAMA AMERICALa marea apenas despertaba en Portobelo, Colón, a pesar de que eran las tres de la tarde.Simultáneamente, un mar de personas llegaba al parque.Es sábado, el día del Festival de Diablos y Congos.Dentro de la iglesia, donde reposa la imagen del Cristo Negro, un monagillo prepara los cables y micrófonos para una misa.El ruido de voces enmascaradas se cuela dentro del templo, a pesar de que se cierran sus tres grandes portones.En la plaza contigua al antiguo edificio de Aduanas de Colón, el sol crucifica el ánimo.A pesar del calvario impuesto por los 34 grados centígrados, la procesión de colores y el mar de gente inunda las calles.El fondo musical no lo hacen Don Omar, Wisin & Yandel ni ningún otro reguesero en boca de todos estos últimos días.La única música que se puede escuchar es la de los grupos de congos, el tamborito y el gemido de los diablos.No hay de otra, es su día.Tradición Desde el mediodía de ayer sábado 16, cientos de personas empezaron a reunirse en el Parque Portobelo para presenciar uno de los espectáculos populares que resalta las costumbres de las poblaciones afroantillanas del sector atlántico de Panamá.Don Augusto, por ejemplo, llegó desde Puerto Pilón con el grupo de congos Doña Eneyda, conformado por 12 personas.“Hace 8 años que asistimos, es una tradición que heredamos de nuestros abuelos que llegaron de Barbados”, comenta el hombre de 53 años, con el rostro acarbonado.A medida que sube la marea, se eleva la efervescencia de los diablos que parecen domados por los silbatos que suenan sus acompañantes.Se toman las calles, los niños lloran y los grandes ríen.Los más viejos solo miran desde algún olvidado balcón o desde las hirvientes sillas del parque.La calle se vuelve un pasillo, un carnaval, pero una pesadilla para los que quieren cruzar hacia Costa Arriba.Se percibe el olor a pescado, a carne asada, a agua del mar y se ve el dinero danzando.La postal hace recordar a muchos aquellos tiempos de la colonia, cuando Portobelo fue la cuna del comercio del Istmo.El tiempo continuaba, pero a nadie parecía importarle si iba lento o apurado.Tampoco parecían tener dirección los más de 220 diablos inscritos en el festival, que se celebra desde hace 14 años y que últimamente invita a viajar a estadounidenses, argentinos, canadienses y alguno que otro europeo sediento de trópico.Hace dos años un alúd de tierra sepultó varias casas cerca a la costa de Portobelo, pero sus costumbres y su alegría se mantienen más vivas que nunca.