El verdadero costo de una fuga de gas mal detectada
No basta con instalar detectores, hay que comprobar que detectan, alertan y activan la respuesta prevista con calibración, pruebas y trazabilidad.
Los sistemas basados en detección de CO2 presentan un peligro especialmente silencioso. Foto: Ilustrativa / Freepik
Una fuga de gas no siempre se anuncia con llamas o explosiones. Con frecuencia, comienza de forma sutil con síntomas como mareos, malestar general o irritación en ojos y garganta. Estos signos pueden pasar desapercibidos y derivar rápidamente en intoxicaciones graves, evacuaciones masivas o cierre temporal de zonas críticas.
En entornos de alta ocupación o demanda operativa continua, las consecuencias van más allá de la seguridad física. Una fuga afecta directamente la continuidad del negocio, la reputación de la organización y genera costos operativos inesperados que impactan los resultados financieros.
Sectores como educación, salud, hotelería, alimentos y bebidas, retail con cuartos fríos, centros logísticos, plantas industriales y edificios corporativos enfrentan riesgos elevados. Estos espacios suelen contar con cocinas, calderas, salas técnicas o áreas cerradas donde una acumulación de gas puede escalar en minutos si la detección falla.
Los sistemas basados en detección de CO2 presentan un peligro especialmente silencioso. En lugares con ventilación limitada, el gas desplaza el oxígeno y produce síntomas que fácilmente se confunden con cansancio o calor excesivo. Por ello, la detección temprana y la respuesta adecuada resultan imprescindibles.
“La diferencia entre tener un sistema y tener control es la verificación”, señala el Antonio Pérez, gerente general de Grupo EULEN Panamá. Un detector instalado pierde fiabilidad si no se calibra periódicamente, no se prueba su respuesta completa o no se integra correctamente con alarmas y sistemas de ventilación.
Muchas fallas no provienen de la ausencia de tecnología, sino de mantenimientos incompletos o pruebas superficiales. Entre los problemas más frecuentes se encuentran sensores descalibrados, alarmas inaudibles en zonas ruidosas, señalización deficiente y ventilación que no se activa automáticamente.
Cuando faltan bitácoras de calibraciones, pruebas funcionales y correctivos registrados, el sistema existe en papel, pero no garantiza protección real. En ese escenario, la empresa queda vulnerable ante cualquier incidente inesperado.
“Un mantenimiento formal no revisa solo un panel; prueba escenarios y deja evidencia”, añade Pérez. Sin registros claros de calibraciones y activaciones probadas, la continuidad operativa queda en riesgo, más allá de la mera seguridad de las personas.
En Panamá, normativas como el Reglamento Técnico DGNTI COPANIT 43 2001 exigen prevención, control y documentación en el manejo de sustancias químicas en ambientes laborales. Esto implica planes de mantenimiento con pruebas periódicas y evidencia concreta, no solo la instalación de equipos.
En última instancia, la detección efectiva de gas y CO2 trasciende la infraestructura: representa una gestión integral del riesgo y de la continuidad del negocio. Revisar, probar y documentar de forma rigurosa es la única forma de estar preparados antes de que el sistema deba demostrar su valor en una emergencia real.