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Rafael Rodríguez: mi maestro

... analizaba el fondo del proceso, estudiaba los motivos psicológicos que originaron el hecho, las causas de la conducta de los actores, hasta entender la composición de la acción...

Luis Guillermo Zúñiga | opinion@epasa.com | - Publicado:

Rafael Rodríguez fue un abogado conocedor como pocos de la estructura del proceso penal. Foto: Archivo.

El lunes siete de septiembre, temprano, corrió la noticia del lamentable fallecimiento del licenciado Rafael Rodríguez. Debo confesar que al confirmar la información, una lágrima furtiva rodó por mis arrugas y el alma se me fue inundando de recuerdos y vivencias compartidas con mi entrañable maestro de Derecho Penal.

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Rafael Rodríguez fue un abogado excepcional, cuyo nombre quedará escrito con letra indeleble en aquel libro sagrado donde solo reposan los nombres de los mejores, al lado de aquellos litigantes que le han dado merecido brillo a este sacrificado oficio. Talento entre los grandes talentos, la voz de mi maestro se seguirá escuchando por siempre en las salas de los tribunales, con la misma entonación de sus históricos alegatos y con la misma claridad con que se escuchaba el clarín del centinela en las frías madrugadas de las luchas libertarias de Bolívar, bien en Junín o Carabobo, disponiendo la lucha, organizando la contienda, avisando la eminencia del combate.

Con su sensible descenso termina la época de oro de los juristas istmeños, de aquellos, me refiero, litigantes penalistas de vocación a prueba de fuego, que se aferraron al libre ejercicio de la profesión, amparados en la fronda de los códigos, apegados a las leyes, pero conscientes de la necesidad de que esos textos legales fuesen instrumentos útiles para cambiar el mundo a favor de los más necesitados.

Sus oraciones forenses constituían, al tiempo de una alegación irrebatible, un mensaje certero al corazón de quienes detentaban los hilos de las injusticias sociales.

Rafael Rodríguez fue un abogado acucioso, amante del detalle judicial, conocedor como pocos de la estructura del proceso penal, del procedimiento que es el vestido que engalana el cuerpo del Derecho. Así, descubría fácil la avería, el error, la falta, la omisión y atacaba el desliz con la precisión de un relojero y la fuerza de un león.

Con igual ahínco, analizaba el fondo del proceso, estudiaba los motivos psicológicos que originaron el hecho, las causas de la conducta de los actores, hasta entender la composición de la acción, el encuadre con el tipo penal, con el verbo rector y, a partir de esta idea, planteaba la defensa valiéndose de las pruebas necesarias para vencer al adversario.

Ese conocimiento era trasladado al aula de clases. Ahí, en el claustro universitario, frente a sus alumnos, iba desgranando el maestro su experiencia en los tribunales y abonándolas con la fértil sabiduría de las mejores teorías penales.

Didáctico, enfático, locuaz y brillante, el maestro sostenía su discurso docente sobre el bastón de las tesis de Jiménez de Asúa o de Beccaria, quien fue uno de los primeros en sostener que las penas son injustas cuando no están en proporción directa con la lesión infringida. Fue un hombre de principios y así lo demostró con su conducta irreprochable a lo largo de su vida, bien combatiendo como joven estudiante, rebelde y soñador, en las montañas del Tute, o bien cuando ocupó el cargo de Procurador General de la Nación, enfrentándose al poder militar con gallardía y decisión, al punto de lanzarlo al exilio.

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Fueron años difíciles para el ejercicio de la abogacía, bien documentados por el doctor Carlos Cuestas, entonces Fiscal Superior. Narra al detalle el doctor Cuestas, que aquella noche irrumpieron en el edificio de la Procuraduría los enviados de los cuarteles y se llevaron al Procurador con rumbo desconocido. Luego se supo que recibió todo tipo de presiones para que firmara su renuncia.

Rafael Rodríguez fue, hasta el último momento de su vida, un defensor de los trabajadores. En esa tarea me lo encontré la última vez que hablamos, acompañando a un grupo del sindicato –Suntracs- del cual era su principal abogado, en una diligencia judicial acá en Penonomé.

Postrado en una silla de ruedas, casi sordo, no había perdido para nada su carácter combativo y su capacidad analítica. Desde su silla de ruedas, rodeado de sus compañeros, lo miré pronunciar un breve discurso y pensé –con absoluta certeza- que mi maestro seguía siendo de esos pocos abogados que para ser escuchados, no requieren tribunas.

Allá por el año 2003, transcurridos más de veinte años desde que me gradué de abogado, siendo Asistente de la Fiscalía Tercera Superior, atendimos – el Fiscal y yo- a mi maestro Rafael Rodríguez, quien había acudido al despacho por alguna gestión judicial rutinaria.

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Por esas coincidencias de la vida, en ese momento me encontraba examinando la Obra Derecho Penal, del colombiano Luis Enrique Romero. Coincidencia, digo, porque entre las páginas de ese libro descubrí unas hojas ya amarillas, contentivas de un examen, de fecha 28 de julio de 1977, de cuando era su alumno. ¡Vaya sorpresa!

El licenciado Pancho Rodríguez Chong, en ese momento Fiscal Superior, fue testigo del emotivo abrazo que nos dimos cuando le enseñé al maestro –orgulloso- ese añoso recuerdo de estudiante. Este lunes, ante la inesperada noticia de su fallecimiento, en el silencio de mi biblioteca, volví a buscar aquel libro, a despertar el pasado, a sostener en mis manos el viejo examen, volví a leerlo y releerlo, quizás con la ilusión de encontrarme nuevamente con mi maestro y darnos aquel abrazo fraternal como el que entonces nos dimos.

Abogado.

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