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En muchos casos, los espías utilizan empresas para ocultar sus actividades

Esta estrategia puede terminar en llanto.

The Economist - Publicado:

Ilustrativa. (Pixabay)

El espionaje y los negocios han estado mezclados desde hace tiempo. En “Vive y deja morir”, la segunda novela de Ian Fleming, James Bond se hace pasar por un empresario que trabaja para Universal Export, una dudosa empresa fantasma del servicio de inteligencia británico MI6 con oficinas en un “alto edificio gris cercano al Regent’s Park”. En el libro “Al servicio secreto de Su Majestad”, publicado casi una década más tarde, todo queda al descubierto. “Como fachada, fachada sólida, Universal perdió su credibilidad con los profesionales”, se lamenta Bond. “Se utilizó demasiado tiempo. Todos los servicios secretos del mundo la habían infiltrado para entonces. Obviamente, Blofeld sabía todo sobre ella”.

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Ernst Blofeld, líder del grupo criminal global Spectre, un hombre que necesitaba comunicaciones secretas, sin duda también habría sabido de Crypto AG, la empresa suiza que logró dominar el mercado global de máquinas criptográficas después de la Segunda Guerra Mundial. Para los años noventa, se hizo evidente que la empresa trabajaba de cerca con la Agencia de Seguridad Nacional, que dirige a los espías de Estados Unidos. A fin de cuentas, la verdad resultó todavía más excepcional que la ficción. Según el Washington Post, por lo menos entre la década de 1970 y la de 2000, Crypto AG fue propiedad de la CIA y, hasta 1993, de la agencia de espionaje alemana, conocida como BND. En un reporte, la CIA alardeó en estos términos: “Fue el golpe de Estado del siglo en el ámbito de inteligencia. Algunos gobiernos extranjeros pagaban, y muy bien, por el privilegio de que alguien más leyera sus comunicados más secretos”.

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A lo largo de la historia, los servicios de inteligencia han utilizado muchísimas empresas como fachada, ya sea para recopilar inteligencia o encubrir sus engaños. “Active Measures: The Secret History of Disinformation and Political Warfare”, un libro escrito por Thomas Rid que pronto estará en las librerías, explica que la CIA proporcionó el financiamiento inicial para abrir una casa editorial en Berlín durante la década de 1950 con el objetivo de difundir propaganda en el bloque soviético; la agencia era el accionista mayoritario. Publicó folletos políticos y revistas de noticias, tanto falsas como reales, así como un boletín de anuncios clasificados para encontrar pareja, una revista para mujeres e incluso publicaciones dedicadas a la astrología y el jazz. Fue solo una de varias casas editoriales y publicaciones por todo el mundo que en secreto recibían subsidios de la CIA y la KGB para extender su influencia.

Algunas empresas falsas han aplicado un ingenio de lo más malévolo. En los años setenta, en pleno conflicto norirlandés, el Ejército británico abrió un burdel y una lavandería en Belfast. Los soldados no solo podían emplear camionetas de la lavandería para desplazarse sin ser vistos, sino que podían hacerle pruebas a la ropa de los sospechosos del Ejército Republicano Irlandés para detectar residuos de explosivos (ambas operaciones se descubrieron después de un tiempo y se suspendieron). De manera parecida, el servicio secreto MI6 tenía una agencia de viajes ficticia que promovía vacaciones a España con los gastos pagados entre los republicanos y, una vez en ese país, los reclutaban como agentes dobles. En los años ochenta, la agencia de espionaje israelí, Mossad, tenía un centro vacacional en una playa de Sudán que utilizaba para sacar de contrabando a miles de judíos de la vecina Etiopía.

Además de crear compañías ficticias, los espías también han cultivado una relación estrecha con el mundo corporativo real. Se dice que tanto MI6 como la CIA tenían relaciones estrechas con empresas petroleras y con la prensa. Kim Philby, un agente doble soviético infiltrado en MI6, fungió un tiempo breve como corresponsal de la revista The Economist en el Medio Oriente poco después de desertar. En épocas más recientes, las empresas estadounidenses de telecomunicaciones han recibido pagos de cientos de millones de dólares al año a cambio de cooperar con el gobierno, en muchos casos más allá de sus obligaciones legales; por ejemplo, la Agencia de Seguridad Nacional elogió a AT&T por estar “extremadamente dispuesta a ayudar”. También se dice que algunos espías estadounidenses le pagaron diez millones de dólares a RSA, una empresa de seguridad, para emplear una técnica defectuosa que les hizo más fácil descifrar una forma de encriptación de amplio uso (la compañía lo niega).

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Este tipo de persuasión clandestina se da con mayor facilidad entre los dictadores. La KGB desviaba de vez en cuando vuelos de Aeroflot, la aerolínea nacional soviética, para recoger inteligencia del aire. Hoy en día, Estados Unidos teme que el gigante chino de las telecomunicaciones Huawei, que desea construir redes 5G en Occidente, pueda colaborar en las actividades de espionaje de China.

En algunos aspectos, el sector privado es más importante que nunca para los espías. Las empresas tecnológicas poseen más datos personales que cualquier compañía de telecomunicaciones operada por el Estado en la historia. Además, a medida que el uso de datos biométricos para controlar las fronteras les complica a los espías viajar con otro nombre, pues es más difícil falsificar huellas digitales que pasaportes, la CIA y otras agencias han optado cada vez más por reclutar y colocar empleados en empresas legítimas para que puedan viajar con su nombre real en servicios comerciales.

¿Qué reciben a cambio los empresarios? Para empezar, dinero. Antes de concretar su compra, a Crypto AG se le entregaron grandes cantidades de efectivo a cambio de su lealtad y para garantizar que sus máquinas criptográficas ocultas tuvieran ventaja sobre la competencia. Quizá las empresas también quieran conocer algunos secretos. MI6 les pasaba chismes útiles a empresas nacionales como BP y British Airways, según un antiguo funcionario de inteligencia. En la actualidad, la CIA les da a sus socios corporativos que muestran buena disposición “información especial personalizada”, según un artículo reciente de Jenna McLaughlin y Zach Dorfman para Yahoo News.

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VIVE Y DEJA MORIR

De cualquier forma, los arreglos por debajo del agua pueden tener consecuencias muy negativas. Las empresas que colaboran con espías pueden poner en riesgo a sus empleados (por lo regular sin su conocimiento) en el extranjero. En 1992, Hans Buehler, un vendedor de Crypto AG, fue detenido en Irán, donde permaneció en cautiverio nueve meses hasta que fue liberado tras el pago de un rescate de un millón de dólares (según él, desconocía las actividades secretas de la empresa). Por si fuera poco, también ponen en riesgo su reputación. Después de su congoja, Buehler habló con la prensa y reveló el secreto de la compañía, lo que causó que los espías alemanes perdieran el interés en la empresa (además de retirarse con su inversión original quintuplicada). Crypto AG dejó de existir en 2018; su nombre de marca, célebre en otra época, quedó arruinado.

Ferranti, una empresa británica de ingeniería, corrió peor suerte. Compró al tratante de armas estadounidense International Signal and Control, que resultó ser una fachada de la CIA para operaciones rampantes de tráfico de armas. Ferranti se fue a la quiebra rápidamente. Cuando se pronunció la condena de James Guerin, director ejecutivo de ISC, por fraude y tráfico ilícito de armas, Bobby Ray Inman, un antiguo subdirector de la CIA, le escribió al juez para darle una referencia: “Guerin mostró un enorme patriotismo hacia nuestro país […] con todo y que se arriesgó a que su compañía recibiera publicidad desfavorable”. Lástima que la gratitud de los espías no sirva de mucho consuelo para los accionistas perjudicados.

 

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