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En estado de pausa, la vida de las víctimas de tiroteo

Aquella mañana de agosto, la vida de De Alba —como la de los demás sobrevivientes y los familiares de las 22 personas que murieron— se detuvo.

Manny Fernandez - Publicado:

Banderas mexicanas en El Paso en honor a las víctimas de un tiroteo. Foto/ Tamir Kalifa para The New York Times.

EL PASO — Están de pie a su lado, le acarician el cabello negro, le sostienen las manos, le dan masajes en los pies y lo hacen reír. Los seres queridos de Mario de Alba tienen más de un mes de no separarse de su lado en una habitación de hospital.

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De Alba, de 48 años, recibió un disparo en la espalda durante la masacre ocurrida en el interior de un Walmart en El Paso el 3 de agosto. Mientras un hombre armado recorría los pasillos, De Alba se resguardó con su esposa y su hija de 9 años en un banco en la parte delantera de la tienda. Otros compradores se amontonaron en el mismo rincón. Un hombre rezaba en voz baja.

El hombre armado los vio y abrió fuego.

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De Alba trató de servir como escudo humano para su esposa e hija, pero una bala impactó el pulgar y el seno de su esposa. Otra atravesó la pierna de su hija.

Varios de los que estaban a su alrededor, incluyendo el hombre que rezaba, murieron. La esposa e hija de De Alba ya fueron dadas de alta. Pero él continúa en el Centro Médico de la Universidad de El Paso, donde ha sido sometido a varias operaciones —tres hasta la fecha— y lucha por recuperar su fuerza.

Aquella mañana de agosto, la vida de De Alba —como la de los demás sobrevivientes y los familiares de las 22 personas que murieron— fue puesta en pausa. La mayoría de los heridos fueron atendidos en los hospitales y dados de alta, pero un puñado permanece hospitalizado.

Para la familia De Alba, la lenta recuperación ha estado marcada por el desplazamiento. De Alba vive en la Ciudad de Chihuahua, capital del Estado de Chihuahua, con su esposa e hija. Pero desde el 3 de agosto, la familia ha vivido prácticamente en El Paso: De Alba en su habitación del hospital, y su esposa e hija en un hotel cercano, donde también se encuentran la madre y la hermana de él, quienes vinieron de México.

Érika, su hija, debería estar en la escuela; Oliva, su esposa, es la directora de la escuela a la que asiste Érika, pero no ha querido irse. En la Ciudad de Chihuahua, De Alba tiene un taller donde repara y vende lavadoras y secadoras, pero ahora el negocio está cerrado.

Así luce la recuperación de un tiroteo masivo: cobra una cuota física, emocional, financiera y logística.

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“No puedo darle para adelante”, dijo De Alba. “No puedo llevar a mi hija a la escuela. No puedo trabajar. Tengo cuentas que pagar. Pero ahora mi mundo se ha detenido”.

Funcionarios estadounidenses han ayudado a la familia De Alba —ciudadanos mexicanos que se cuentan entre los miles que legalmente cruzan la frontera todos los días para trabajar, hacer compras o estudiar en El Paso— y les han otorgado permiso para permanecer en El Paso durante la recuperación de De Alba.

De Alba tendrá que permanecer hospitalizado varias semanas más y le preocupa que su familia se quede sin dinero y tenga que volver a México. Le preocupa que su hija no esté en la escuela y que su esposa no esté trabajando.

La mañana del 29 de agosto, De Alba se preparó mentalmente para otra operación. Su prima, Lucero de Alba, estaba de visita de Ciudad Juárez, la ciudad hermana de El Paso, del lado mexicano. Había hecho tres horas de fila para cruzar la frontera. Con ella allí, así como su hermana Cristina y su madre de 79 años, María Montes, el estado de ánimo cambió.

El espacio estéril se llenó de risas. Sonriendo, De Alba dijo que estaba pensando en algo. Cuando el hombre armado abrió fuego, él acababa de pagar mucho dinero por un carrito lleno de comestibles, ropa y útiles escolares. Había guardado el recibo en el bolsillo de su camisa. Quizás Walmart me dé un rembolso, bromeó.

Las autoridades dijeron que el sospechoso en la masacre, Patrick Crusius, de 21 años, había subido a las redes sociales un manifiesto anti latino minutos antes del ataque.

De Alba dijo que no entiende al agresor, pero que no lo odia. “Es una persona que ni siquiera se ama a sí misma”, dijo. “Una vida sin propósito”.

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Más tarde, esbozó una sonrisa. “A los únicos que odio en la vida son a los clientes que no pagan cuando les arreglo su lavadora o secadora”, dijo.

Su prima Lucero rió. “Está de buen humor todos los días. Es de familia”, explicó.

La masacre en El Paso fue una de tres tiroteos masivos recientes en Estados Unidos: el 4 de agosto, 9 personas resultaron muertas y 27 heridas en Dayton, Ohio; 7 murieron y 23 resultaron lesionadas el 31 de agosto en Odessa, Texas.

El 2 de agosto, De Alba condujo cuatro horas de la ciudad de Chihuahua a El Paso para recoger a su esposa e hija, que habían llegado de un viaje a Denver. Planeaban ir de compras a Walmart la mañana siguiente antes de regresar a casa.

Todavía no eran las 11:00 horas cuando la familia terminó de pagar sus artículos. El gatillero, portando un arma de asalto estilo AK-47, entró por las puertas.

A toda prisa, De Alba metió a Oliva y a Érika al banco. Poco después corrió la sangre.

Momentos después, De Alba y su familia salieron corriendo. Trató de conducir al hospital. Subieron a su auto, pero no tenía fuerza para ponerlo en marcha, dijo. Llegaron las ambulancias y le dijo a un paramédico que llevara a su esposa e hija al hospital, pero que lo dejara morir allí.

El paramédico se rehusó.

De Alba sufrió graves heridas internas y su recuperación ha sido lenta. No quedó paralizado, pero su familia se pregunta qué tanta movilidad tendrá cuando lo den de alta.

Cuatro semanas después de la masacre, Érika caminaba con una leve cojera y Oliva todavía tiene la muñeca y el pulgar enyesados.

Érika, dijo, es su inspiración para recuperarse.

“Me he concentrado en estar agradecido”, dijo. “Mi hija me visita casi todos los días. ¿Qué más puedo pedirle a la vida?”.

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