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Estado policiaco de Bengasi tiene un giro islamista

“Todo mundo tiene miedo, incluso de sus conciudadanos”, dijo un residente.

David D. Kirkpatrick - Publicado:

Khalifa Hifter, gobernante militar de Bengasi, tiene 6 años intentando tomar el control del resto de Libia. Foto / Ivor Prickett para The New York Times.

BENGASI, Libia — El mariscal mira desde anuncios panorámicos hacia las ruinas de esta ciudad, aun cuando la guerra civil que él está librando se ha estancado en un impasse sangriento. Sus agentes de seguridad vestidos de civil escuchan en cafés. Ha entregado el control de las mezquitas a extremistas. Y ha colmado de apoyo a un escuadrón tribal de la muerte llamado Los Vengadores de la Sangre.

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“Vivimos en una prisión”, dijo Ahmed Sharkasi, un activista liberal que huyó a Túnez.

Khalifa Hifter, el hombre de 76 años conocido como “el mariscal” es el gobernante militar del este de Libia. Ha estado combatiendo durante casi seis años para tomar el control del país, librando un ataque a la capital, Trípoli, durante 10 meses. Emiratos Árabes Unidos, Egipto y otros países se han alineado tras él, y Rusia ha enviado mercenarios.

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El Gobierno básicamente impotente en Trípoli, respaldado por la ONU, es defendido por milicias regionales y, recientemente, por Turquía, que envió cientos de combatientes sirios pagados.

Hifter ha interrumpido la producción de petróleo de Libia durante un mes para privar de ingresos al Gobierno de Trípoli. En febrero, empezó a bombardear su puerto civil, matando a tres personas, fallando por poco a un barco cargado con gas natural licuado y descarrilando las conversaciones para un cese al fuego promovidas por la ONU.

Hifter ha prometido forjar una Libia estable, democrática y secular, pero en gran medida les ha cerrado las puertas de su territorio a los periodistas occidentales. Una visita poco común reveló un autoritarismo rígido que en muchas formas es a la vez más puritano y más anárquico que cuando Libia estaba bajo su último dictador, el coronel Muammar el-Qaddafi

En la Bengasi de Hifter, los residentes se quejan de corrupción. Extremistas islamistas han tomado el control de mezquitas y podrían estarse infiltrando en la fuerza policiaca.

“Todo mundo tiene miedo, incluso de sus conciudadanos”, dijo un residente.

Hifter gobierna desde su casa en la montaña a una hora al oeste. Dos de sus hijos son altos comandantes militares, así como sus cuidadores. Bengasi es un poco diferente hoy de como lo era en el 2017, cuando la tomó. Los vecindarios de la periferia rebosan de actividad, pero las calles del centro de la ciudad están en ruinas.

Libia ha estado en caos desde que una revuelta de la Primavera Árabe y la intervención de la OTAN derrocaron al coronel Qaddafi hace nueve años. Sus desiertos albergan a rebeles, y su costa mediterránea está atestada de migrantes.

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Hifter había servido como oficial en el Ejército de Qaddafi, pero más tarde huyó a Estados Unidos donde vivió durante décadas como cliente de la CIA antes de regresar durante el levantamiento del 2011. En el 2014, cuando las milicias islamistas aterrorizaban a Bengasi, prometió librar al país de éstas. Armado por patrocinadores extranjeros, reclutó a combatientes de tribus locales y acogió a ex funcionarios de Qaddafi. Luego ganó el apoyo de los salafistas, combatientes islamistas estilo saudita que vieron un enemigo común en los rivales que él combatía. Nunca ha reconocido una contradicción entre su declarada hostilidad al islam político y sus brigadas de salafistas.

En julio del año pasado, una política formada en Gran Bretaña, Seham Sergiwa, de 57 años, cuestionó públicamente el ataque de Hifter a Trípoli. Hombres armados la raptaron esa noche. Pintarrajearon su casa advirtiendo contra criticar al Ejército. Sus familiares dijeron que la electricidad fue cortada antes del ataque y la Policía ignoró las llamadas de ayuda. La mayoría cree que ella está muerta. Un vocero de Hifter dijo que su Ejército no tuvo nada que ver con eso.

Si bien ya no es un campo de batalla, Bengasi difícilmente está libre de violencia. Un coche-bomba mató en agosto a tres miembros del personal de la ONU y a otras dos personas. La ONU retiró de la ciudad a sus diplomáticos. Advierte de frecuentes secuestros, desapariciones forzadas y asesinatos. Es imposible determinar la responsabilidad, pero muchos apuntan a las milicias tribales que lucharon junto con Hifter.

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Miembros de la tribu awaqir, una gran fuente de combatientes, se jactan de su impunidad. Formaron los Vengadores de la Sangre en 2013 y se han vuelto conocidos como sicarios de Hifter.

Su vocero dijo que los Vengadores eran civiles no armados que recopilaban información sobre “terroristas”.

Pero durante el secuestro de Sergiwa, sus atacantes garabatearon el nombre de los Vengadores de la Sangre en la pared.

“Toda la evidencia apunta a Hifter”, dijo su hermano, Adam Sergiwa, un doctor que vive en Indiana. “Sabemos eso. Todo mundo lo sabe. Él quería dar una lección”.

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