Panamá y la OCDE: ¿Club de ricos o espejo para el cambio?
Panamá y la OCDE: ¿Club de ricos o espejo para el cambio?
Todavía resuenan las discusiones de la sexagésima edición de CADE. Entre el 22 y el 24 de abril, empresarios, ministros y expertos del BID se reunieron con una pregunta incómoda pero necesaria sobre la mesa: ¿Debe Panamá entrar finalmente al club de la OCDE? El lema elegido por APEDE, OCDE: confianza global ¿progreso local?, dio en el clavo. No fue un espacio de aplausos automáticos, sino un examen de conciencia nacional sobre nuestras ventajas y, sobre todo, nuestros retos pendientes.
Escuchando las intervenciones de Felipe Chapman y Carlos Ernesto González, junto a las experiencias de Costa Rica y Chile, queda claro que la membresía no es un simple trofeo diplomático para colgar en la pared. Es, ante todo, un tema de credibilidad y de impacto directo en la economía. Alinearnos con estos estándares internacionales significa que el mundo nos mire con otros ojos: implica menos riesgo país, financiamiento más barato para el Estado y una señal potente para atraer inversión extranjera que no venga solo de paso, sino a crear empleos de calidad. Como bien señaló Chapman, la confianza no es un concepto abstracto, es el motor que genera oportunidades reales de trabajo.
Lo más valioso de este proceso, incluso antes de alcanzar la membresía plena, es la sacudida que le daría a nuestras instituciones. Necesitamos, con urgencia, profesionalizar el servicio civil y separar de una vez por todas al regulador del prestador de servicios. El Canal de Panamá ya nos demostró que las instituciones transparentes y eficientes no son un mito en nuestra tierra; la OCDE es la oportunidad de contagiar ese estilo Canal al resto del Estado y combatir de frente los conflictos de interés que tanto daño nos hacen.
Miremos al vecino. Costa Rica, miembro desde 2021, ya está utilizando los comités técnicos de la organización para fortalecer su fiscalidad digital y su sistema educativo. Panamá, con su potencia logística y una economía de servicios que mueve gran parte del comercio mundial, no puede quedarse mirando desde la barrera mientras otros suben el nivel. Sin embargo, no hay que ser ingenuos porque el camino es sumamente exigente. Entrar en la OCDE no es un proceso de la noche a la mañana. A los ticos les tomó casi una década de negociaciones extenuantes en veintiséis mesas distintas.
En Panamá, donde históricamente nos cuesta mantener el rumbo entre un gobierno y otro, el compromiso debe ser de Estado y no una bandera partidista. Si las reformas solo sirven para que el país se vea bien en los informes de París, pero no resuelven el drama de los medicamentos, la crisis del agua o la calidad de la educación, el esfuerzo habrá sido estéril. La adhesión no es una varita mágica, sino una herramienta. Solo valdrá la pena si la usamos como un espejo para corregir las debilidades que ya nos frenan y si existe la voluntad política de mantener el rumbo más allá de 2029.
Al cierre de CADE, la conclusión es una: la OCDE no definirá el futuro de Panamá. Ese futuro lo escribimos nosotros, equilibrando la confianza que buscamos afuera con el progreso que debe sentirse en la mesa de cada hogar panameño. El debate abierto es un buen punto de partida, pero ahora nos toca a los ciudadanos y al sector privado exigir que estas conversaciones se conviertan en resultados medibles y no se queden, como tantas otras veces, en papel mojado.