Violencia familiar
Todos somos hijos de Dios, somos hermanos y nacimos para vivir en paz, en comunicación, en comunión y armonía. Adán y Eva fueron creados para vivir en
Todos somos hijos de Dios, somos hermanos y nacimos para vivir en paz, en comunicación, en comunión y armonía. Adán y Eva fueron creados para vivir en armonía, pero su soberbia los llevó a apartarse de Dios, porque desearon ser como Él y cayeron en el pecado de soberbia. Su hijo Caín mató a su hermano Abel por la envidia, que es producto de la soberbia.
Querer ser como Dios, que es el pecado de soberbia, lleva a la violencia y hasta a la muerte. Nuestros instintos deben ser controlados por la razón.
Los soberbios, los orgullosos, los que se creen Dios terminan siendo violentos para alcanzar sus fines. De hecho, nacimos para la paz, pero el pecado lo trastorna todo; nacimos para ser libres, pero somos esclavos del pecado. Entonces, vivimos en una situación realmente anormal, porque estamos rodeados por la guerra, la desgracia, la violencia, los crímenes, y toda clase de atrocidades que hay en el mundo. Es el resultado del pecado. Y la madre del pecado, según la Palabra en el Antiguo Testamento, es querer ser como Dios-la soberbia. La soberbia lleva a la envidia, que lleva a los celos, que lleva a cometer actos violentos, muchas veces fatales. La violencia tiene muchas facetas y todas conducen a la destrucción de otra persona. Las emociones dañadas por el pecado de la soberbia causan situaciones muy destructivas en la sociedad.
Hay muchas clases de violencia y todas se generan en el pecado de la soberbia, en querer ser como Dios.
Desgraciadamente, también en la casa nos olvidamos de que hay otros que tienen iguales derechos y caemos, al final, en la violencia. La familia es muy vulnerable y se sufre mucho cuando prevalece el pecado y no se siente la presencia del Señor. En muchas familias, por una pugna o una rivalidad sin control, se ha agredido, hundido y hasta destruido a un miembro de la familia por culpa de los sentimientos de envidia de otros. En las familias hay muchas discusiones estériles, absurdas; mucho maltrato y violencia, porque las diferencias entre los miembros de la familia provocan peleas, gritos, golpes y mucha división. Se levantan muros altísimos que los separan de la paz de Dios.
El termómetro que indica si Jesús está en el hogar es la medida de paz que hay. Cuando hay peleas, encontronazos, rivalidades, pugnas, gritos y golpes es porque Cristo no está allí. Pero si reina la paz, si hay reconciliación, armonía, dominio, control emocional y amor es porque Jesús está presente.
Conviértete en una persona de paz. No alces tu mano para agredir, sino para orar al Señor; no levantes la voz para insultar, sino para alabar a Dios. Donde está Dios no existe divisionismo por supuestas superioridades. Somos uno en Cristo y solo con Él podemos ser... ¡Invencibles!