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En la selva de las paradojas

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A la selva le debo una de las mayores emociones literarias de mi vida adulta.

Eso fue hace como treinta años, en la región de Centro América conocida como el Tapón del Darién, porque era allí, en aquellos tiempos (y creo que la situación haya cambiado en el tiempo que va), cuando había una interrupción en la Carretera Panamericana que se esperaba que uniera las dos Américas, desde Alaska hasta Tierra del Fuego .

En esta región del Istmo de Panamá la selva tropical es extremadamente densa y los únicos medios de transportarse es ir río arriba en piraguas.

En estos bosques vive una población indígena dividida en dos grupos, los Emberá y los Wounaans, ambos pertenecientes a la familia lingüística de los Ge-Pano-Carib.

Yo llegué por accidente y me fasciné tanto con la gente que me establecí allí en varios indistintos periodos de tiempo  durante  unos rústicos tres años.

Durante la totalidad del tiempo no hice absolutamente nada más que vagar intermitentemente de una casa a la siguiente ??" por aquellos tiempos la población se rehusaba a vivir en asentamientos estables - y aprendí a vivir en un ritmo que era completamente diferente de cualquier cosa conocida hasta ese momento.

Como una selva de verdad, esta era particularmente hostil.

Tuve que redactar una lista con todos los peligros potenciales  y sus respectivos modos de supervivencia.

Tengo que decir que la totalidad de los Emberás fueron muy pacientes conmigo.

Les divertía mucho mi extrema atención a todo, y creo que en cierta medida fui capaz de pagarles con diversión la sabiduría que ellos compartían conmigo.

No escribí gran cosa.

La selva tropical no es realmente un sitio ideal para escribir.

Los papeles se entrapan en humedad y los bolígrafos se resecan con el calor.

Nada de lo que funciona con electricidad dura mucho.

Yo había llegado allí con la convicción de que escribir era un privilegio, y que siempre había recurrido a ello en función de resolver mis problemas existenciales.

Una forma de protección, una suerte de ventana virtual que podía desenrollar y abrigarme de la  tormenta.

Una vez que había asimilado el sistema de comunismo primitivo de los amerindios, al igual que su profundo disgusto con las autoridades y su tendencia natural hacia la anarquía, vine a concluir que el arte como una forma individual de expresión, no tenía ningún papel que desempeñar en la selva.

Además, este pueblo no tiene nada que se asemeje a lo que llamamos arte en la sociedad de consumo.

En lugar de colgar cuadros en las paredes, los hombres y mujeres se pintan sus cuerpos, y en general se resisten a crear algo que sea permanente.

Y entonces, me gané el acceso a sus mitos.

Cuando hablamos de mitos en nuestro mundo de libros escritos, pareciera que nos referimos a algo muy lejano, tanto en el tiempo como en el espacio.

Yo también creía en esas distancias.

Y ahora, súbitamente los mitos estaban allí, para que  los escuchara regularmente, casi a diario, en medio de la danza de los mosquitos y del comején, - la voz de los cuenteros - tanto hombres como mujeres, ponía en escena cuentos, leyendas, tradiciones, como si hablaran de una realidad cotidiana.

Los cuenteros cantaban en un tono chillón, levantando el pecho: el rostro, imitando los sentimientos y pasiones  y los miedos de los personajes.

Debió haber sido algo de novela y no de mito.

Pero una noche llegó una mujer joven.

Su nombre era Elvira.

Era conocida a todo lo ancho de la selva de los Emberás por sus destrezas como narradora.

Era una reconocida aventurera y vivía sin marido y sin hijos  ??" la gente decía que era algo borracha y un poco zorra, pero no me lo creí ni un minuto-.

Ella acostumbraba a ir de casa en casa para cantar a cambio de una comida o una botella de licor o, a veces, por unas monedas.

A pesar de que no tenía acceso a sus relatos sino mediante traducción  -la lengua Emberá tiene una variante literaria mucho más compleja que la forma de uso cotidiano -  inmediatamente me di cuenta de que era una gran artista en el mejor sentido del término.

El timbre de su voz, el ritmo de sus manos retumbando en su pecho, en su pesado collar de monedas de plata y; por sobre todo, el aire de posesa que iluminaba su cara y su mirada y una suerte de mesura y de trance rítmico que ejercía un poder de atracción sobre todos los presentes.

Desde el esquema simple del mito ??"la invención del tabaco, los mellizos primordiales, las historias de dioses y de humanos desde los inicios del tiempo- ella añadía su propia historia, su vida vagabunda, sus amores, las traiciones y sufrimientos, la intensa alegría del amor carnal, el aguijón de los celos, el miedo a la vejez y a la muerte.

Ella era la poesía en acción, el teatro antiguo y la más contemporánea novela de todos los tiempos.

Era todas esas cosas con fuego, con violencia; había inventado, en la oscuridad de la selva, en medio del circundante coro de insectos y sapos, del revoloteo de los murciélagos, una sensación que no puede ser definida más que como belleza.

Al igual que su canción, ella arrastraba la verdadera fuerza de la naturaleza y esta era la más rotunda paradoja, que en este desolado lugar, en  la selva, tan lejos como se pueda uno imaginar de la sofisticación de la literatura, era el lugar en el cual el arte encontraba su mayor fortaleza, su más auténtica expresión.

Entonces, abandone la región, y no he vuelto a ver a Elvira jamás, o a cualquiera de los narradores de la selva de Darién.

Pero me quedé con mucho más que nostalgia ??" con la certidumbre de que la literatura puede existir, incluso despojada de convencionalismos y compromisos, incluso si los escritores son incapaces de cambiar el mundo.

Algo grande y poderoso, que subyace en ellos, que en ocasiones puede animarlos y transfigurarlos y restaurar el sentido de armonía con la naturaleza.

Algo nuevo y a la vez muy antiguo, impalpable como el viento, etéreo como las nubes, infinito como el mar.

Es ese algo que vibra en la poesía de Jalal ad Din Rumi, por ejemplo o en la visionaria arquitectura de  Emanuel Swedenborg.

El escalofrío que siente uno al leer los más bellos textos de la humanidad, como el discurso que el Jefe Stealth envió a mediados del siglo 19 al  presidente de los Estados Unidos sobre la concesión de las tierras: "Nosotros debemos ser hermanos después de todo".

Algo simple y verdadero que existe solamente en la lengua.

Un encanto, algún truco, una danza envolvente o el prolongado discurso del silencio.

El lenguaje de los gestos graciosos, las interjecciones, y claro, entonces, inmediatamente aparece la lengua del paraíso.

Es a ella, a Elvira, a quien yo dedico este tributo ??" y es a ella a quien yo dedico el Premio con el cual la Academia Sueca me premia hoy.

*Premio Nobel de literatura 2008.

(Traducción del inglés, Delia Cortés Márquez)
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