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Una simple idea que explica por qué la economía está en grave peligro

¿Qué sucede cuando una gran parte de la maquinaria que en teoría debía funcionar de manera perpetua de pronto se detiene por completo? Estamos a punto de averiguarlo.

Neil Irwin - Actualizado:

Parece improbable que el cierre a causa del coronavirus tenga efectos tan leves en esa industria. Foto/Ilustrativa Canva

Para entender por qué la economía mundial está en grave peligro a causa de la propagación del coronavirus, sirve comprender una idea que es a todas luces evidente y al mismo tiempo furtivamente profunda.

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El gasto de una persona es el ingreso de otra. Esto, en una sola oración, es la economía global de 87 billones de dólares.

Esa relación entre el gasto y el ingreso y entre el consumo y la producción se encuentra en el núcleo del funcionamiento de la economía capitalista. Es la base de un móvil perpetuo. Compramos las cosas que queremos y necesitamos, y a cambio les damos dinero a las personas que las producen, quienes a su vez usan ese dinero para comprar las cosas que quieren y necesitan, y así sucesivamente para siempre.

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El aspecto tan profundamente preocupante del potencial efecto dominó económico del virus es que requiere de la interrupción casi total de este móvil perpetuo en inmensos fragmentos de la economía durante un periodo indeterminado.

Ninguna economía moderna ha experimentado nada parecido. Simplemente no sabemos cómo responderá la máquina económica al daño que está empezando a ocurrir, ni tampoco qué tan difícil o fácil será encenderla de nuevo.

Gracias a las tablas estadísticas gubernamentales, podemos entender el tamaño de los sectores económicos que parecen estar al borde del cierre. Estados Unidos y buena parte del mundo están al borde de una contracción tremenda en el gasto de consumo, lo que a la vez implicará menos producción económica y menores ingresos para la gente que provee esos servicios.

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Las tablas sobre los gastos personales de consumo de la Oficina de Análisis Económico incluyen tres categorías que probablemente tendrán declives drásticos en las semanas siguientes. En 2019, los estadounidenses gastaron 478.000 millones de dólares en servicios de transporte (esto incluye cosas como las tarifas de vuelos y viajes en tren, pero no la compra de automóviles personales).

Gastaron 586.000 millones de dólares en servicios recreativos (pensemos en boletos para eventos deportivos o pérdidas de apuestas en un casino). Y gastaron 1,02 billones de dólares en servicios de alimentos y alojamiento (comidas en restaurantes y estancias en hoteles, pero no la entrega a domicilio de alimentos del supermercado).

La suma total es de 2,1 billones de dólares al año, el catorce por ciento del gasto total en consumo, el cual parece que se va a reducir enormemente al menos durante algunas semanas, aunque podría ser más tiempo. No sabemos cuánto caerán las cifras del consumo ni durante cuánto tiempo, solo que caerán mucho.

Entonces, ¿qué consecuencias podría traer semejante colapso en el gasto en esas grandes categorías para el otro lado del libro mayor, es decir, los ingresos?

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Los ingresos de esos sectores van a muchos lados. Con ellos se paga a los empleados por su labor de manera directa. Van a los proveedores. Con ellos se pagan los impuestos que financian la policía y a los maestros de escuela, la renta que recompensa a los dueños de propiedades y las ganancias que acumulan los inversionistas. Todos esos flujos de efectivo corren peligro a medida que se hunde el gasto de consumo.

Los cinco sectores que están experimentando el colapso más directo e inmediato en la demanda o que están enfrentando cierres obligatorios del gobierno debido al coronavirus son el transporte aéreo; los espectáculos y los deportes; las apuestas y la recreación; los hoteles y otros tipos de alojamiento, y los restaurantes y los bares.

En conjunto, en 2018, estos sectores representaron 574.000 millones de dólares de la remuneración total de los empleados, más o menos un diez por ciento del total. Esta cantidad se dividió entre el equivalente de 13,8 millones de empleados de tiempo completo.

Esas cifras representan la parte de la economía que está en riesgo más directo. Son las industrias y los trabajadores que probablemente verán una caída en sus ingresos; simplemente no tendrán ingresos suficientes para cubrir sus obligaciones habituales. Los 11.000 millones de dólares a la semana que suelen pagarles a sus empleados están en peligro, sin mencionar todos los pagos de renta, servicio de deuda e impuestos a la propiedad.

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Es verdad que habrá algunos efectos compensatorios: por ejemplo, se comprará más comida de los supermercados que de los restaurantes y habrá un mayor gasto en atención médica. Sin embargo, la economía no puede ajustarse así de fácil, y el hecho de que los doctores, las enfermeras y los cajeros de los supermercados puedan terminar trabajando más horas no compensará a los millones de meseros, sobrecargos y recamareros que podrían percibir un desplome en sus ingresos.

Tan solo los efectos iniciales de todos esos platillos de restaurantes que no se comerán, de las habitaciones de hotel vacías y de los aviones estacionados de forma temporal podrían ser inmensos. Y eso sin tomar en cuenta que esos efectos podrían extenderse al segundo y tercer orden.

¿Qué sucedería si las bancarrotas generalizadas causaran pérdidas en el sistema bancario y provocaran una restricción del crédito en toda la economía? En esa situación, a las empresas con finanzas perfectamente sólidas —las cuales deberían ser capaces de soportar la crisis— podría resultarles imposible seguir adelante tan solo por la escasez de efectivo (da la casualidad de que ese tipo de efecto dominó es el que están intentando evitar con desesperación la Reserva Federal y el gobierno de Trump).

¿O qué pasaría si la caída en picada del precio del petróleo (causada tanto por las maquinaciones geopolíticas como por el colapso mundial de la demanda, ambos derivados de los efectos del coronavirus) ocasionara pérdidas de empleo y bancarrotas generalizadas en las áreas de producción de energía?

Estos escenarios están lejos de ser fantasiosos; los mercados financieros indican que son bastante verosímiles. No obstante, muestran que, a pesar de lo significativo que pueda ser el impacto inicial de que la gente se quede en casa, es posible que solo sea el comienzo de los problemas económicos.

Resulta tentador voltear a ver otro evento reciente en el cual una gran parte de la economía, en especial la relacionada con los viajes, pareció detenerse de la noche a la mañana. Sin embargo, mientras más nos fijamos en las cifras reales de lo que sucedió con industrias clave después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, menos grave nos parece en comparación con lo que está ocurriendo ahora.

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Pensemos en los restaurantes. En agosto de 2001, los estadounidenses gastaron 26.900 millones dólares en restaurantes y bares y, en septiembre de 2001, 26.200 millones de dólares, una caída de apenas el 2,3 por ciento. Para diciembre del mismo año, las ventas se habían recuperado a niveles superiores de agosto (las cifras se ajustaron de acuerdo con las variaciones normales de temporada).

Ese otoño, el déficit acumulativo de las ventas de los restaurantes, en comparación con un mundo en el que ese tipo de ventas hubiera mantenido los niveles constantes de agosto, fue de 1200 millones de dólares, una cantidad trivial para la economía de 10,6 billones de dólares de aquel entonces. En octubre de 2001, el empleo en el sector de los servicios de alimentos alcanzó un punto mínimo de 8,4 millones de empleos, apenas unos 16.000 por debajo de su nivel de agosto.

Parece improbable que el cierre a causa del coronavirus tenga efectos tan leves en esa industria. Hay una gran diferencia entre un desplome de los negocios porque la gente no tiene ánimos de celebrar y uno dictado por los cierres totales en las ciudades u otras restricciones a la actividad empresarial.

Durante semanas, a medida que el coronavirus se propagaba, un argumento común entre los economistas era que causaría un “impacto en la oferta” al limitar la disponibilidad de algunos bienes fabricados en China.

Sin embargo, inmensas franjas de la economía están comenzando a experimentar el impacto más grande en la demanda que hayamos visto en nuestras vidas. Y pronto sabremos qué sucede cuando un virus microscópico pero potente traba los engranes de una poderosa máquina económica.

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