Infraestructura turística
A diestra y siniestra, sin descanso y a todo vapor, exige el desarrollo íntegro del país, la continuación de la faena logística que permita su despegue hacia
A diestra y siniestra, sin descanso y a todo vapor, exige el desarrollo íntegro del país, la continuación de la faena logística que permita su despegue hacia el primer mundo. Tarea que reivindica coordinación y planificación dentro de un Ministerio de Turismo al que le ha llegado la hora de liderar estos menesteres.
Por un lado la construcción de la gran Autopista Caribeña, bordeando nuestras costas desde Guna Yala hasta la frontera con Costa Rica. Por el otro, la aprobación de leyes de incentivo turístico que permitan su plena explotación, mucho más allá de la hotelería, para el pleno usufructo de inexistentes potencialidades.
Cito el ejemplo de la actividad de veleros, costosísimos pasatiempo de millonarios. Zarpa el caribe con un inventario de un millón de estas fastuosas naves. A falta de infraestructura, contando Panamá allí con sus más espléndidas costas, recibimos tan solo un goteo del hidrante.
La recién iniciada temporada anual de huracanes, vigente desde el primero de junio hasta el treinta de noviembre, invita a los propietarios de veleros, en su gran mayoría con sede al norte del caribe hacia la búsqueda de refugios fuera del área de impacto de huracanes, siendo Panamá la más obvia selección, no solo por su exuberante belleza sino también por su rica historia colonial.
Nos hemos caracterizado por obrar lentamente. Tan solo recién hemos iniciado una carretera entre Cuango y Santa Isabel en la costa arriba de Colón para conectar un nuevo hotel al inventario caribeño. La inversión vial en esta carretera asfaltada de 25 kilómetros de longitud a dos vías es de aproximadamente $20 millones. ¿Por qué tenemos que obrar con mentes liliputienses para el beneficio de un hotel en particular?
La diferencia entre “una carretera a dos vías” como la que actualmente existe entre Santiago y David y “una verdadera autopista”, como la que existe entre Arraiján y La Chorrera, son tres tramos en cada dirección, que facilitarán un expedito flujo vehicular que soportará todo tipo de tráfico, liviano y pesado. Este fenómeno permitió el desarrollo de Estados Unidos al construirse el sistema interestatal de carreteras en los años 50.
Si desarrollamos esta autopista caribeña, hasta la frontera con Costa Rica, multiplicaremos elocuentemente las inversiones y riquezas en un área de Panamá que es actualmente la mayor cuna de pobreza extrema istmeña, mejorando manifiestamente la calidad.
¿Qué viene primero la gallina o el huevo? ¿Y cómo pagamos el costo de la autopista? Es muy sencillo, al crear infraestructura logística, se intuye inversión y riqueza. La gran mayoría de los terrenos en el caribe istmeño son propiedad del Estado. La plusvalía de los mismos permitiría al gobierno una importante ganancia a su venta para proyectos turísticos y otros importantes desarrollos, permitiendo no solamente el pago de la autopista sino un fondo de inversión para la consecución de otros trazados en la zona.
SI LOGRAMOS EL DESARROLLO DEL CAMINO REAL, DESDE EL PUENTE DEL REY HASTA PORTOBELO, COMO UN SENDERO TURÍSTICO HISTÓRICO QUE SERVIRÍA DE ANZUELO A CIENTOS DE MILES DE PEREGRINOS ANUALES INTERESADOS EN REVIVIR LA HISTORIA Y LAS FASCINANTES LEYENDAS DE LOS TIEMPOS DE LA COLONIA ESPAÑOLA..
Aquí retornamos a nuestro argumento inicial. Resultado de la autopista y de un plan de incentivos, imagine el valioso monto de la inversión en la construcción de un centenar de marinas a lo largo y ancho de nuestro caribe y el efecto multiplicador en turismo, la construcción de nueva infraestructura, hoteles y actividades de apoyo, hoy inexistentes, en la economía nacional. La creación de nuevas fuentes de trabajo que reemplacen la mano de obra que hoy se utiliza en el proyecto de expansión del canal, importantes obras gubernamentales y otros proyectos inmobiliarios capitalinos.
Salpicando con la presentación de sitios históricos harto importantes desde tiempos de la colonia. Resaltando el cuarto viaje de Colón, con el firme propósito de encontrar un “paso marítimo”, encontramos las fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo, declaradas Patrimonio de la Humanidad por UNESCO en 1980, excelsos ejemplos de la arquitectura militar de los siglos XVII y XVIII, ambos importantes eslabones del sistema defensivo para el comercio trasatlántico de la Corona de España. Vergüenza nos debe causar su actual estado de total abandono. Su remozamiento y explotación turística lograrían elevar ambos sitios a sus tiempos de gloria, amén si logramos el desarrollo del Camino Real, desde el Puente del Rey hasta Portobelo, como un sendero turístico histórico que serviría de anzuelo a cientos de miles de peregrinos anuales interesados en revivir la historia y las fascinantes leyendas de los tiempos de la colonia española, ubicando a Panamá en un trono medular que jamás le ha escapado.
Tenemos que gozar de una visión a largo plazo y la continuada inversión en infraestructura es clave para el desarrollo nacional y la industria sin chimeneas. Ha llegado el momento de implementarle sin titubeos ni mezquindades, por el bien del país, para que el progreso acaricie ambos mares y el beneficio llegue igual hacia todos.