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Personalidad del hombre panameño
Paulino Romero C. - Publicado:
He aquí algunas consideraciones dignas de exponer finalizando el “mes de la Patria”.¡Es hora de actuar! Aquellos que tienen ayuden con decisión y desprendimiento a los que carecen de lo elemental, porque es uno de los caminos más seguros hacia la fusión.Pues bien, ha llegado el momento en que la educación no sea un privilegio sino un hecho natural en todo el territorio nacional; y sobre todo es el instante preciso para poner una valla infranqueable a las ideas disociadoras, extrañas a nuestro medio y nuestra mentalidad, reñidas con nuestra ideología democrática y cristiana.Urge organizar un “Nuevo Panamá” en el cual tanto los panameños como los inmigrantes, no se sientan extrañados y en el que tengan renovada vigencia los valores humanos.Enunciar tal demanda significa dirigir nuestros ojos a la escuela, el gran vivero donde se forman las generaciones, para replantearse, con la experiencia de lo que vemos y sentimos alrededor nuestro, la cuestión de si la escuela oficial (tanto la básica como la media), e incluyendo a la misma Universidad, debe seguir solamente instruyendo y diplomando profesionales.Por ello, cabe preguntar si aquélla no ha podido todavía abocarse a la tarea de instruir más allá de los limitados alcances de una pedagogía formalista (rutinaria), en la que el maestro se reduce a ser un simple transmisor de conocimientos, o si ha cumplido con la exigencia de aplicarse a la formación integral del educando, sobre la base de despertar en él el sentimiento de la responsabilidad ciudadana y social.Si ha ocurrido lo primero, sería preciso expresar que nuestra instrucción básica y media continúa afectada por una grave omisión; y si ha ocurrido lo segundo, sería necesario establecer en qué forma aquella labor fue encarada, porque sus frutos, evidentemente, no pueden estimarse satisfactorios.Pero de cualquier modo que sea, lo que se necesita es que las aulas se conviertan en centros vivos donde se enseñe comportamiento para la convivencia humana; donde se inculquen en el niño y el adolescente, no solo por la letra fría del texto o la enseñanza discursiva, sino a través de una labor pedagógica que haga del maestro un artífice de almas, los principios capaces de formar intelectual y éticamente a las generaciones de mañana.Decimos la escuela, y debemos agregar la familia porque (como escalón básico de la organización social), le corresponde colaborar con la escuela y convertirse en su auxiliar indispensable.Algo más todavía: La sociedad toda (incluyendo por supuesto a quienes actúan en las funciones directivas del gobierno, de la política y de la actividad económica y social), es responsable, más allá de la escuela y el hogar, de que esa obra formativa no se malogre y dé con largueza los resultados que se esperan.