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Página de vidas

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Cuando Juan Diego me confesó que estaba enamorado de Paulina no pude ocultar mi asombro.

Veía en ese chico, desde que lo conocí, ciertos ademanes femeninos que me resultaba extraño que le gustara una chica.

Pero evidentemente, así era.

Había que ver cómo la miraba, cómo acudía con una cara de embobado a los llamados de esta niña.

Evocaba una dulzura que en todos los años que tengo, jamás había visto.

Era sorprendente llegar al salón y encontrar el bullicio que lo caracterizaba, y en medio de él, encontrar a Paulina sentada con los brazos cruzados sobre la banca, y sobre ellos, reposando su rostro, siempre caracterizado por esa expresión melancólica y esa mirada perdida propia de alguien que está en las postrimerías de su vida, condenado a una muerte segura y que consume sus últimos pensamientos haciendo reflexión de todos sus hechos terrenales.

Sus espejuelos no eran capaces de ocultar la tristeza que sus ojos reflejaban.

Lo más seguro era que para la mayoría de sus compañeros¿ ella pasaba inadvertida, pero para Juan Diego no era así.

A él le gustaba desde hacía mucho tiempo, no cabía la menor duda que era su preferida.

Se le observaba como disfrutaba estar al lado de su compañera de clases.

Yo nunca dije lo que sabía, quizás habría sembrado un rayo de luz en esa mirada tan triste.

Paulina era una niña hermosa, pero muy enferma, la vida puso sobre sus hombros una carga muy pesada para sus cortos años, ¿por qué? Creo que jamás lo sabré.

Curiosamente, una muchachita que mostraba una piel pálida, reflejo del mal que padecía, tenía la singularidad de transmitir una gran tranquilidad, cada vez que con ella se compartía.

Era como la lucecita de una luciérnaga, me comentó un día Juan Diego, mientras la miraba con ojos de la ilusión del primer amor.

Para mí era La Leda de Darío Herrera, no pude dejar de compararla.

En los pocos años que ha vivido no ha parado de luchar contra dolores, anemias, cansancio, hospitales y contra lo que ella consideró siempre su peor enemigo la incomprensión de ciertas personas, que algunas veces expresaban que ella se refugiaba en su enfermedad para no cumplir con sus deberes.

¿Cómo puede un chiquillo de trece años usar su enfermedad para no hacer cosas? Cuando a esa edad se quiere hacer de todo.

Un día, entre lágrimas, me contó muchas cosas, llegó un momento en el cual su llanto no me dejó comprender con exactitud lo que me decía.

La chica llevaba dentro de sí un resentimiento muy grande que hasta ese día había podido callar.

Al chico le atraían los enormes ojos verdes, que pasaban desapercibidos para el resto del mundo, detrás de unos espejuelos que Paulina debía usar de por vida y que era uno de los arrastres de su enfermedad; también hacía que se le saliera la baba, la forma tan sutil con que trataba a las personas.

¡Ah!, no cabía la menor duda, estaba enamorado de ella, pero no se atrevía a confesarlo por temor a un rechazo.

Ella nunca le había dado una pista que le indicara sus sentimientos hacia él.

Juan Diego era un estudiante de excelentes calificaciones, pero tenía una vida familiar muy traumática, que llevaba con bastante dignidad para los pocos años que había vivido.

Una madre divorciada, que al parecer no había superado su mal matrimonio y que debido a esto, golpeaba a sus hijos para descargar, seguramente, la ira que llevaba por dentro y que no era capaz de confesar.

Un hermano mayor con desviaciones sexuales, que trataba de ocultar frente a su familia, y aunque los resultados de sus esfuerzos eran casi nulos, no disimulaba su gusto por los hombres en las reuniones nocturnas de las que participaba cuando salía a hurtadillas de la casa de sus padres.

También tenía un hermano pequeño con problemas de adaptación, cuyo origen estaba en la cantidad de peleas que tuvo que presenciar en tan sólo ocho años de vida.

Este chico se sentaba frente a mí, desde el primer día de clases, recuerdo que una vez lo observé muy callado, cosa que no acostumbraba, por lo menos conmigo.

El chico estaba quebrantado, lo saludé y las lágrimas saltaron de sus ojos, no pudo contestarme.

Le dije que saliera a tomar aire, que se lavara la cara y que cuando se sintiera mejor entrara.

Así lo hizo.

Cuando terminé mi clase me pidió que lo escuchara, me relató cómo su papá se presentó en la casa de su madre, armó una discusión y en medio de ésta, le pegó, ante la mirada de ellos.

Sus lágrimas no eran capaces de ocultar una mezcla de impotencia y desesperación, un grito de auxilio emanaba de él ese día.

Fue poco lo que alcancé a decirle, pues la tristeza que lo invadía fue apoderándose, también de mí.

Esa noche me fui muy preocupada a casa y la verdad no dormí bien.

Con todo ese mundo de problemas en casa, la escuela para Juan Diego era el paraíso y el amor que sentía por Paulina representaba un aliciente, pero la gran timidez que lo caracterizaba le impidió, siempre, expresar su sentimiento.

Guardó bien su secreto.

Varios días después, me enteré que Juan Diego no llegó a casa ese día que estaba tan desesperado.

Era evidente, ya no aguantaba más.

Ese día en lugar de irse a casa se fue a visitar a unas amistades de su hermano mayor, a los que había visitado, accidentalmente en una ocasión.

Al encontrarse en aquel sitio, Juan Diego sintió un fugaz arrepentimiento, pero ya estaba allí y no iba a echarlo a perder.

Consiguió lo que había ido a buscar y pasó toda la noche fuera de casa.

Esperó la hora en la que su madre acostumbraba salir a trabajar y se fue a casa.

Allí comenzó a evocar recuerdos, recuerdos y más recuerdos, la tristeza lo iba agobiando más y más.

Comenzaron a surgir preguntas sin respuestas.

Ya no quería vivir.

Fue su madre la que le tocó encontrar el dantesco cuadro que marcó el final.

Cuando me lo contó, la desesperación se fue apoderando de mi cuerpo, las palpitaciones de mi corazón se hacían cada vez más rápidas, se me quería salir del cuerpo, quería gritar.

En ese momento escuché la alarma de mi celular, indicándome la hora de comenzar un nuevo día.

Me senté en la cama pensativa.

El suicidio de aquel chico había sido sólo un sueño.

Ese día cuando llegué a la escuela tenía una extraña sensación, esa que dejan los sueños que parecen realidad, me repetía una y otra y otra vez: fue un sueño; pero, aún así, necesitaba comprobar que la situación de ese muchacho no terminó de aquella forma tan trágica.

Al fin, al inicio de la jornada lo vi pasar, sonriente, con un grupo de compañeros.

Confieso que para mí ese momento transcurrió, como la cámara lenta en las películas.

Después, conversé con él y me tranquilizó saber que, gracias a Dios, luego de la visita que Juan Diego realizó aquella noche, la situación en casa, parecía mejorar.

Comenzaron a asistir a terapia familiar.

Terminó un año más y me convertí en cómplice de un sentimiento callado.

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