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Sobre nuestras realidades crónicas

... están, por otro lado, aquellos grupos victorianos, moralistas cívicos frustrados, que critican que el hambriento y el necesitado tenga digestión y sea la presa fácil de políticos criollos que llenan su vacío estomacal.

Arnulfo Arias O. - Publicado:

He visto cientos de hogares en los que una vieja lata hace las veces de una olla; la estufa es un fogón ennegrecido. Foto: EFE.

A menudo, tendemos a adoptar visiones cínicas del mundo, porque los hechos no dan pie a la contemplación de lo contrario. Vivimos en una nación que se revela como una pionera en los repuntes económicos globales y en aquellas curvas tan complejas del crecimiento macroeconómico.

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Compartimos en una sociedad que tiende a relegarse en los extremos fríos de intolerancia; donde el obrero quiere encadenarse en una esquina y el empresario en otra, como si el aislamiento hubiera sido alguna vez la solución a los problemas integrales de la convivencia humana.

Una sola vía recorre, como columna vertebral y solo en parte, nuestra geografía entera y, para efectos de la economía global, nos sentimos inclusive cómodos llamando a eso integración; pero la verdad es que la burbuja de la urbe de la capital representa realidades completamente distanciadas de los otros puntos en los que también viven ciudadanos del país.

En los márgenes del Cricamola me ha tocado ver a niños que, uniformados con esmero, deben acudir a clases en piragua, haciendo sacrificios que son casi inimaginables para nuestros niños citadinos.

He visitado y visto, con mis propios ojos, cientos de hogares en los que una vieja lata hace las veces de una olla; la estufa es un fogón ennegrecido en el que, cuando se puede cocinar, se hace uso de la leña y se tiene por desconocido el gas; he estado en centros de salud, en lugares como la Isla Tigre, tan desabastecidos que los partos que se llevan a cabo de noche deben ser asistidos por los lugareños con focos de batería como alumbrado; vi bajar de las montañas víctimas de enfermedades que, a falta de otro mecanismo, deben ser portadas en camillas improvisadas con hamacas; en la parte más empobrecida de la comarca Ngäbe Buglé me tocó ver niños que se disputaban mangos con los pájaros hambrientos, pero no como una diversión, sino en una competencia plena de consumo.

Ante esas realidades, y otras muchas más, pregunto yo, ¿cómo puede uno preocuparse únicamente por el aislamiento cómodo de esos sectores que son ciegos a las otras realidades integrales de nuestra nación?

A la par de los gremios obreros, muy organizados, que viven en sus casas humildes, pero construidas con cemento, hay otros cientos de miles de trabajadores informales que no cuentan hoy con una casa, pero sí con un hogar cuyas paredes se sostienen con un oxidado zinc; y así como hay pequeños empresarios en el área urbana, hay también cientos de miles de pequeños productores campesinos que no pierden todavía la fe en un mejor mañana, a pesar del abandono de la sociedad y de las situaciones tan adversas que a diario deben enfrentar.

No se entiende todavía que el trabajador sigue siendo trabajador, aunque no tenga trabajo o aunque se desempeñe en las labores de la tierra y desconozca aquellas de la industria; no se entiende que el emprendimiento no es tampoco actividad de monopolio de los comerciantes con licencia, sino también la voluntad de todo aquel que quiere progresar, por muy humilde que pueda ser su esfuerzo.

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También están, por otro lado, aquellos grupos victorianos, moralistas cívicos frustrados, que critican que el hambriento y el necesitado tenga digestión y sea la presa fácil de políticos criollos que llenan su vacío estomacal.

Sin embargo, desde su distancia material y cómoda, nada hacen por solucionar esa dolencia de la masa empobrecida, sino solo aleccionar en la distancia, proclamando frases célebres como "si se quiere agua, que se vaya al río".

Mientras vivan en esta nación, no se dan cuenta de que el mal social es como una serpiente y que, las dolencias crónicas que han sido exiliadas a propósito a la cola, terminan siempre por hacerse espacio progresivo por el cuerpo entero, alcanzando finalmente la cabeza.

Abogado.

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