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Siria envenenará la región durante muchos años más

Bashar Al Asad está a punto de retomar la provincia de Idlib, el último bastión rebelde. Pero eso no terminará con el caos que ha provocado en su país y en el extranjero.

The Economist - Actualizado:

Imagen: Pixabay.

 

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“Asad o quemamos el país”. Durante años, los soldados de Bashar al Asad han escrito esa frase en los muros de las ciudades que vuelven a capturar. Los insurgentes empujaron al dictador al borde de la desesperación. Sin embargo, Asad ignoró las amenazas vacías de los líderes occidentales y recurrió a la ayuda de Irán y Rusia. Fiel a su eslogan, destruyó ciudades enteras; además le arrojó gas a su propio pueblo y dejó que su gente muriera de hambre. Los rebeldes que quedan están ocultos en la provincia de Idlib, que también caerá pronto. A pesar de todo, el monstruo resultó victorioso.

Sin embargo, es una victoria vacía. Lejos de aportarle orden al país, como lo afirman los rusos y los iraníes, Asad ha desplazado a la mitad de la población. Ocho años de guerra civil han destruido la economía y cobrado la vida de 500.000 personas. Asad no tiene nada bueno que ofrecerle a su pueblo. Su país será miserable y estará dividido. Las consecuencias se sentirán más allá de sus fronteras.

Alrededor de tres millones de personas viven en Idlib, muchas de las cuales escaparon de otras zonas en guerra. La zona es controlada por los rebeldes más acérrimos, yihadistas vinculados con Al Qaeda, que no se irán discretamente. Eso también forma parte del legado de crueldad de Asad. Liberó a cientos de yihadistas de las prisiones en 2011, con la esperanza de que mancharan el levantamiento alguna vez pacífico y multiconfesional. Ahora el régimen los está bombardeando, junto con los civiles y los hospitales. La ofensiva tomará tiempo… y será sangrienta.

Cuando el combate se detenga, las tensiones que originalmente amenazaron al régimen seguirán estando ahí, pero serán peores que nunca, comenzando con la religión. Hafez, el padre de Asad, miembro de la minoría alauí, se aferró al poder, en parte manteniendo la línea que divide las fes del país. No obstante, su hijo describió a sus opositores suníes como fundamentalistas para poder movilizar a los sirios cristianos, drusos y laicos con el fin de tenerlos de su lado. Millones de suníes han escapado del país, generando lo que Asad llama “una sociedad más sana y homogénea”, pero millones de ellos se quedaron ahí. Han visto cómo los simpatizantes de Asad saquean sus casas, confiscan sus propiedades e invaden distritos. Resentidos, temerosos y oprimidos, serán una fuente de oposición para el régimen.

También están los agravios de los sirios. En 2011, la corrupción, la pobreza y la inequidad social consolidaron el levantamiento. Las cosas solo han empeorado. El producto interno bruto de Siria es un tercio de lo que era antes de la guerra. La ONU estima que más de ocho de cada diez personas son pobres. Gran parte del país sigue en ruinas. No obstante, los planes del gobierno para reconstruir Siria plantean el riesgo de destrozar el país aún más. La reconstrucción costará entre 250.000 y 400.000 millones de dólares, pero Asad no tiene el dinero ni la mano de obra para llevarla a cabo. Por eso se ha enfocado en los recursos destinados a zonas que se han mantenido leales a su gobierno. Los barrios suníes que no mantuvieron su lealtad están siendo demolidos o reconstruidos por sus simpatizantes burgueses. Sus secuaces aprovechan las ganancias, mientras crecen aún más las líneas divisorias del país respecto de la clase y la religión.

Además, está la crueldad de Asad. Hafez Asad mantuvo bajo control a Siria con una policía secreta brutal y campañas ocasionales marcadas por una violencia criminal. Su hijo, en peligro de perder el poder, ha torturado y asesinado a por lo menos 14.000 personas en la extensa red de prisiones clandestinas del régimen, de acuerdo con la Red Siria para los Derechos Humanos, una organización sin fines de lucro. Se cree que casi 128.000 personas siguen estando en los calabozos, aunque muchas quizá estén muertas. Incluso ahora que la guerra se acerca a su fin, el ritmo de las ejecuciones está aumentando. Casi todos los ciudadanos sirios han perdido a alguna persona cercana durante la guerra. Los psicólogos hablan de manera ominosa acerca de un colapso en la sociedad.

Por último, está la deuda de Asad con Irán y Rusia. Le debe su victoria a su suministro de proyectiles, asesoría y dinero, así como su disposición para respaldar a un paria. Esperarán que les pague, con intereses.

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Por lo tanto, para los sirios, la victoria de Asad es una catástrofe. Sin embargo, sus oponentes están exhaustos, así que, a pesar de sus debilidades, el dictador podría aferrarse al poder durante años. Además, mientras esté a cargo, la miseria de Siria se extenderá por toda la región.

La guerra ya ha atraído a un puñado de potencias externas, pero el caos podría aumentar. Irán trata a Siria como un segundo frente en contra de Israel para complementar a Hezbolá, su representante en el Líbano. Israel ha lanzado cientos de ataques aéreos contra posiciones iraníes durante la guerra. Una en agosto evitó que operadores iraníes y de Hezbolá atacaran a Israel con drones armados, según señala el Ejército israelí. Turquía, que tiene soldados en el norte, está amenazando con lanzar una ofensiva cerca de su frontera en contra de las fuerzas kurdas, a las que considera terroristas. Eso podría llevar a un enfrentamiento con Estados Unidos, que apoya a los kurdos y había estado tratando de calmar a los turcos.

Los refugiados también desestabilizarán a los vecinos de Siria. Los que han escapado de Asad no quieren regresar a casa; en efecto, crecerán sus números debido a la ofensiva en Idlib. Cuanto más tiempo se queden en campamentos, más grande será el peligro de que se conviertan en una diáspora permanente y enconada. Ya están perturbando a los países anfitriones, como Jordania, Líbano y Turquía, donde muchos lugareños los acusan de acaparar los recursos y arrebatarles los empleos. Turquía está enviando a algunos de regreso, incluso a lugares como Idlib.

Eso podría extenderse a otras partes del mundo. Sin casa y sin ser deseados en el extranjero, los refugiados están en riesgo de radicalizarse. Las tácticas despiadadas de Asad han dejado resentidas y aisladas a partes de su población. Sus prisiones incubarán extremismo. ¿Qué mejor campo de cultivo para Al Qaeda y el grupo del Estado Islámico, que según el gobierno estadounidense ya está “resurgiendo en Siria”? En mayo, Estados Unidos lanzó 54 bombas y misiles contra los yihadistas en Irak y Siria. Ese número aumentó a más de cien en junio y julio.

Después de no haber podido tomar medidas en los primeros días de la guerra, cuando pudieron haber derrocado al dictador, los países occidentales ahora no pueden hacer gran cosa para cambiar el rumbo de Siria. Algunos líderes europeos creen que es hora de involucrarse con Asad, participar en la reconstrucción y enviar a casa a los refugiados. Esa es una postura equivocada. Los refugiados no regresarán voluntariamente. La reconstrucción solo beneficiará al régimen, a los caudillos y a los extranjeros que la respaldaron. Es mejor dejar que Rusia e Irán paguen.

En cambio, Occidente debería tratar de aliviar el sufrimiento de Siria ofreciendo asistencia estrictamente humanitaria y amenazar con represalias por actos atroces, como el uso de armas químicas. Estados Unidos debería quedarse en la región para mantener vigilados al Estado Islámico y a Al Qaeda. No obstante, mientras Asad siga imponiendo su mal gobierno en Siria, la mayor parte de la ayuda monetaria se gastaría de mejor manera ayudando a sus vecinos. Los sirios han sufrido terriblemente. Con la victoria de Asad, su miseria continuará.

 

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