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La educación integral
MEREDITH SERRACIN - Publicado:
Cuando decimos “educación integral” no hacemos sino indicar el único camino posible para la orientación de la conducta y la ilustración de la inteligencia del hombre considerado como ser racional.Cuando decimos “educación integral” queremos significar que aceptamos que el hombre es un complejo consubstancial de materia y espíritu, una combinación esencial de cuerpo orgánico y de alma inmaterial e imperecedera y que, por lo tanto, todo tratamiento educativo debe mirar hacia la integridad de la persona humana y no a uno de sus componentes.Si bien examinamos las grandes fallas de muchos de los más renombrados sistemas pedagógicos modernos, hallaremos que la raíz de ellas se encuentra en un concepto filosófico trunco sobre la personalidad humana.En efecto, buena parte de ellos aceptan al hombre como un ser mutilado y, por ende, incompleto.Mas, ocurre que el hombre, a más de su naturaleza animal, se halla dotado de ese indeficiente y extraordinario y dinámico principio de racionalidad que hace de él una criatura específicamente distinta de los demás animales, organizada para ser dominadora de la naturaleza y destinada a cumplir fines excelsos cuyo radio supera los precarios linderos del espacio y del tiempo.El hombre es el ser más extraordinario y rico de la naturaleza.Su misma ansia de eternidad y de absoluto lo convierte en la más clara afirmación de la Divinidad, como lo inculcara San Agustín y Descartes.Ya la filosofía hindú se había elevado al concepto de Dios conducida por la ineluctable tendencia de perfectibilidad que se halla en el corazón humano; y pensadores de la antigüedad lo consideran como un microcosmos en cuya poliédrica actividad se reflejaban todas las manifestaciones del universo.Si el hombre es, por naturaleza, múltiple y vario, si su campo de acción abarca, desde la elemental agitación de sus células primarias en los recónditos núcleos de su organismo hasta la palpitación de su pensamiento en las regiones de la lucubración metafísica, si, por una parte, es vida vegetativa y sensitiva, organismo animal que debe desarrollarse y nutrirse y, por otra, es espíritu que lleva en sí el ímpetu emancipador y la fuerza fecunda de la actividad creadora; si es tan pronto facultad receptora del conocimiento, como fuerza efectiva capaz de amar y odiar, de gozar y sufrir, o potencia volitiva suficiente para traducir en actos los anhelos del corazón o las concepciones de la mente, es preciso concluir que una educación integral no será sino aquella que contemple, en su debida importancia, la totalidad de las funciones humanas: sensibilidad, afectividad, raciocinio, volición, o sean cuerpo y espíritu; sentidos e inteligencia; corazón y carácter.La “educación integral” supone una triple preocupación docente: sobre los tres campos del conocimiento, de la conducta y de la voluntad.