La siesta, de tópico de pereza a herramienta fisiológica
La siesta es una respuesta fisiológica adaptada a condiciones climáticas, pero se ha convertido en estereotipo negativo (símbolo de pereza o atraso).
Cada 11 de marzo se celebra el Día Mundial de la siesta. Foto: Drobotdean / Freepik
La Real Academia Española mantiene esa doble dimensión al definirla como “el tiempo después del mediodía, en que aprieta más el calor”. Más allá del tópico cultural, la siesta encaja con algo mucho más básico: el reloj biológico.
El reloj biológico de la tarde
“Estamos fisiológicamente predispuestos a la siesta”, explica la cronobióloga María Ángeles Bonmatí. La conocida “bajada de energía” de primera hora de la tarde no es una debilidad cultural, sino una consecuencia del ritmo circadiano, ya que a esa hora del día “suele bajar”, añade.
Si coincide con el momento posterior a la comida, “esa somnolencia suele potenciarse debido al proceso de digestión”, aclara la científica.
La verdadera pregunta es cuánto y cómo. Bonmatí lo resume con claridad: “Se recomienda que la siesta no dure más de 30 minutos”. Siestas más largas “podrían interferir con el sueño nocturno”. Su explicación es gráfica: “la siesta le da la vuelta momentáneamente al reloj de arena y reduce de manera transitoria esa necesidad por dormir”.
Desde la medicina del sueño, el doctor Javier Albares insiste en que no se trata de un remedio improvisado. “La siesta no debería entenderse como un parche, sino como una herramienta fisiológica”.
El ser humano, recuerda, “tiene una tendencia natural bifásica al sueño: un gran bloque nocturno y un pequeño descenso de alerta tras la comida”. Incluso quienes duermen bien pueden beneficiarse de una cabezada breve porque mejora la memoria y el rendimiento cognitivo.
Por el contrario, advierte que “la necesidad de una siesta larga” puede ser síntoma de una patología del sueño. Una explicación con la que coincide el neurólogo Alejandro Iranzo, quien indica que cuando se “alarga demasiado la siesta, dos o tres horas”, es porque “se ha dormido poco y de mala calidad”.
Entre el estereotipo y la organización del tiempo
Para el investigador Xavier Medina, la siesta es “una respuesta fisiológica y corresponde a una adaptación cultural en relación con situaciones climáticas concretas”. Más que una identidad nacional, sostiene, “siempre ha sido un estereotipo, algo utilizado en nuestra contra”.
La paradoja es evidente: lo que durante décadas se caricaturizó como símbolo de atraso, hoy se vende en el norte como estrategia de productividad. Bajo el nombre de “Strategic Napping”, grandes empresas tecnológicas han incorporado salas de descanso tras comprobar que el rendimiento cae por la tarde.
El sociólogo Manuel Javier Callejo lo resume así: “la siesta la hace quien puede”. Para él, no se trata tanto de tradición como de horarios. “La gente no duerme una siesta por identidad”, explica, sino porque madruga y “la jornada se hace larguísima”.
En sociedades donde la productividad es constante, parar a descansar puede generar culpa. “Si decides conscientemente echarte la siesta, no estás perdiendo el tiempo, estás ocupándolo de manera significativa”, afirma la investigadora Josefa Ros Velasco. “Tu tiempo es tuyo”, enfatiza.
Además, advierte de que no hay que confundir descanso con aburrimiento: “Aburrirse es doloroso, descansar si lo has elegido es placentero”.
Si hubiera que resumir la siesta en una recomendación práctica, la fórmula es sencilla: breve, de entre 20 y 30 minutos, y lo bastante temprana para no robarle tiempo a la noche. Más allá de estereotipos, la evidencia científica coincide en que el rendimiento baja a primera hora de la tarde; en la práctica, hacerlo o no depende de cada persona.