Crisis hídrica en Azuero alcanza su primer año
Durante este año, la vida de miles de familias cambió radicalmente. Comprar agua embotellada pasó de ser una opción ocasional a convertirse en un gasto fijo.
El agua sigue sin ser apta para el consumo humano. Foto: Thays Domínguez
A un año del inicio de la crisis hídrica que marcó a la región de Azuero, miles de residentes de las provincias de Herrera y Los Santos continúan viviendo una realidad que ha transformado profundamente su día a día: abrir el grifo de sus casas y no poder consumir el agua que sale de allí.
Desde el 27 de mayo de 2025, el agua producida por las plantas potabilizadoras que abastecen a distritos como Chitré, Las Tablas, Macaracas, Guararé y Los Santos fue declarada no apta para el consumo humano debido a los altos niveles de contaminación detectados en los ríos La Villa y Estivaná, principales fuentes hídricas de la región.
Doce meses después, la situación continúa generando preocupación, cansancio y molestia entre la población, que día a día hace frente a una de las peores crisis sanitarias y ambientales registradas en Azuero.
Durante este año, la vida de miles de familias cambió radicalmente. Comprar agua embotellada pasó de ser una opción ocasional a convertirse en un gasto fijo dentro del presupuesto familiar.
En muchos hogares, especialmente aquellos numerosos, el desembolso semanal oscila entre 15 y 20 dólares únicamente para garantizar agua segura para beber y cocinar.
“El pueblo chitreano y azuereño no se merece vivir de esta forma. Ha sido un año muy duro, cargando tanques, buscando agua en pozos, en los puntos de distribución, gastando dinero que muchas familias no tienen”, manifestó Aristides Pérez, residente en Chitré, quien considera que la crisis ha deteriorado significativamente la calidad de vida de la población.
Las imágenes de personas llegando con cubos, tanques y recipientes a distintos puntos de abastecimiento se volvieron parte del paisaje cotidiano en Chitré y otros distritos afectados.
En plazas, parques y sectores comunitarios se instalaron tanques de reserva para intentar aliviar la situación, mientras carros cisterna y operativos especiales buscaron suplir la demanda de agua para consumo humano.
Sin embargo, para muchos ciudadanos, estas medidas han representado apenas un paliativo frente a un problema de fondo que continúa sin resolverse.
Jorge Samaniego, dirigente del Movimiento por el Agua Potable de Chitré, señaló que tras doce meses de declaratoria aún no observan avances concretos que permitan garantizar una solución definitiva.
“Pedimos soluciones reales. Ha pasado un año y no vemos resultados contundentes. La población sigue viviendo en incertidumbre y dependiendo de agua comprada o distribuida”, expresó.
En medio de la emergencia, las autoridades realizaron trabajos de desinfección y adecuaciones en instalaciones vinculadas al sistema de distribución y almacenamiento de agua, procesos que no han culminado.
Paralelamente, se impulsaron operativos de monitoreo y vigilancia sobre las fuentes hídricas, así como de los puntos de abastecimiento, con el fin de suministrar agua segura a la población.
Ahora, la llegada de las primeras lluvias genera nuevamente preocupación entre residentes y dirigentes comunitarios, quienes temen que el arrastre de sedimentos y contaminantes vuelva a elevar los niveles de riesgo en los ríos La Villa y Estivaná.
La molestia ciudadana también se ha traducido en protestas y manifestaciones públicas. Durante los últimos meses se han desarrollado caminatas, vigilias y concentraciones en Chitré, donde residentes han exigido respuestas más rápidas y acciones concretas de saneamiento y protección ambiental.
Para [null]este viernes 29 de mayo se espera una nueva concentración en el parque Unión de Chitré, actividad organizada como un acto de conmemoración y protesta al cumplirse el primer año de la crisis hídrica.
Más allá de las cifras y los informes técnicos, la crisis del agua en Azuero dejó una profunda huella social. Adultos mayores cargando recipientes bajo el sol, madres reorganizando presupuestos para comprar agua, estudiantes viviendo interrupciones en clases y familias enteras modificando su rutina diaria son parte de una realidad que, un año después, sigue marcando a la región.